Los sabores del porro

Mi madre me arrulló con historias de la tierra de mi abuelo, por esto las sabanas sucreñas y cordobesa siempre ejercieron sobre mí una gran fascinación. El viejo Acuña había salido de la Mojana sucreña en un largo recorrido remontando el Magdalena, para terminar trabajando por un breve período en la hacienda de los Marulanda en el Sur del Cesar… si la tristemente famosa “Hacienda Bellacruz”, la del sonado caso de despojo violento a campesinos por parte de los herederos de Marulanda Grillo. Mi familia contaba que mi abuelo fue bautizado en el pueblo de Sucre, en aquel tiempo municipio perteneciente al Departamento de Bolívar, hoy adscrito al departamento del mismo nombre. Al parecer había nacido en algún lugar del Caño la Mojana y llevado a bautizar a Sucre. Sólo volvería años después ya hecho hombre de familia y próspero finquero…era el señor Acuña.

Mi mamá mencionaba que mi abuelo sólo contrataba en su finca “San Cayetano” ubicada en la puntica donde nace Santander, en límites con Cesar y a la ribera del Lebrija, sólo trabajadores de su región, gentes venidas de las márgenes del bajo Magdalena y vaqueros de los Montes de María. Por “San Cayetano” pasaron hombres venidos de San Jacinto, de Ovejas, El Carmen de Bolívar y de recónditos caseríos del complejo universo que es la región de la Mojana. Mi abuelo sentía confianza en estas personas, lógico eran sus paisanos y los consideraba gente de paz. Abrigaba algo de miedo a los colonos santanderanos del sur de Cesar y de las personas de la Provincia de Ocaña, tierra de su mujer, mi abuela. Había una fama a veces real, a veces infundada de la tradición violenta de estas personas. Se curaba en salud contratando a sus paisanos, le daba un sentido de pertenencia y reafirmaba su identidad, seguramente lo acercaba a su lugar  de origen. Aunque sus orígenes físicos los abandonó muy joven, razones desconocidas por la familia. Sin embargo, su identidad sobrevivió en su modo de ser y de relacionarse con su entorno.

Este fuerte lazo se siguió reafirmando en Barranca, el lugar donde tuve la fortuna de criarme. Barrancabermeja como enclave petrolero, ejerció una atracción sobre personas de diversos orígenes que venían a forjarse un futuro. Los campesinos que se proletarizaban apenas pisaban el puerto venían de diferentes lugares; el elemento costeño y sabanero predominaba. Arribaban gentes de los lugares más recónditos de la costa Caribe, no sólo eran los de playa, brisa y mar; la mayoría venía del profundo complejo acuático de culturas anfibias del Magdalena Grande y de la Mojana;  otros llegaban de las sabanas de Bolívar, Córdoba y Sucre. A este ancestro Orlando Fals dio vida y voz.

Vallenatos sabaneros, porros y fandangos, cantos de vaquería no fueron ajenos, así como el queso costeño, el suero, ñame, corozos, bollos y dulces, además de la alegría, la irreverencia, la cultura oral  y el don de palabra del costeño. Identidad que heredamos los barranqueños.

Por casi tres años tuve la oportunidad de viajar regularmente a las sabanas de Bolívar, Córdoba y Sucre esta fue la ocasión de reencontrarme con esta vertiente de mis ancestros. En uno de los viajes, uno de los que más recuerdo; junto con mi compañera de trabajo abordamos un taxi en el aeropuerto “Los Garzones” de Montería, la ruta era el terminal de Cereté, lugar de abordaje de una flota que nos llevara a Sincelejo. El taxista dicharachero, amplio y buen conversador; un espécimen típico Caribe. Entablamos conversación y refiriéndose al compositor Pablito Flórez, nacido en Ciénaga de Oro muy cerca de Cereté; nos contó una anécdota que me recordó aquella máxima de no prestar música, ni libros. El conductor había prestado a un familiar su colección de música del maestro Pablo Flórez, notable compositor de porros.  Con dolor nos dijo: “la colección nunca fue devuelta”. Y fue la excusa para que nos cantara “Los sabores del Porro” “La aventurera” y otras melodías en el transcurso del viaje. Fue muy ameno encontrarse con ese sentir Caribe, de gentes amplias y generosas. Sentimos que el viaje fue corto, por lo agradable.

Aún me resisto  a aceptar que en estas tierras se halla anidado la violencia, el despojo de tierras, la violación de los derechos más elementales. Y que además, estas gentes de paz, amplias, felices y generosas fueran ferozmente victimizadas. Sin embargo fue así. Este territorio se ha caracterizado por la desigualdad social. Hay una sociedad feudal que se resiste a desaparecer. Una vaca tiene más tierra que tres familias campesinas juntas y las víctimas de la violencia siguen sin la garantía plena de sus derechos. Pero más aberrante es que a las puertas de la hacienda de un ex-presidente sucediera esto. A pesar de todo, hay esperanza y una identidad cultural fuerte, patrimonio de este país que me hace recordar a mi abuelo a través de las melodías de Pablo Flórez… me llega a la mente:

“Mi porro me sabe a todo

Lo bueno de mi región

me sabe a caña me sabe a toro

me sabe a fiesta me sabe a ron

me sabe a piña me sabe a mango

me sabe a leche esperá en corrá

me sabe a china esparasca en fandango

y ají con huevos en machucá”

 

 

 

 

En el campo se construye país II

Como en el texto de Margarita Serge: “El revés de la nación”, territorios como Arauca se asumen desde el centro como  infiernos verdes, tierras de nadie, para los expertos en conflictos espacios contemporáneos de violencia. Para el poder,  la montañas  son las tierras aptas para la civilización; las selvas y bajos tierras de salvajes. La selva es el espacio reservado para la guerra, es decir teatros de operaciones militares. Civilización o Barbarie.

La deuda histórica del Estado colombiano se traduce en violaciones a los derechos a la salud, a la educación, al medio ambiente, es la negación a vivir en paz.  Abandono y estigmatización es lo que ha ofrecido el poder a los colonos del Sarare, también es el precio que han tenido que pagar.

En los ochentas la explotación petrolera en cabeza de la OXY como hecho “civilizatorio” acentuó la rapiña extractivista sobre estos territorios, caldo de cultivo para la guerra, sí la guerra por los recursos. Se fortalecieron las guerrillas y se militarizó la vida social.

Ocho mil militares deambulan por todo el departamento de Arauca, las organizaciones sociales esperan que el Estado pida perdón por años de desafueros de la política de seguridad implementada en el territorio, la triste célebre doctrina de la seguridad nacional. Un joven, hijo de colonos no podía expresarlo mejor: “Arauca es un departamento altamente militarizado, el ejército sólo está para cuidar los bienes de las multinacionales”. El monopolio de la fuerza se privatiza y se pone al servicio de filibusteros extranjeros, vale más el tubo que la madre naturaleza.

Estas gentes miran con cautela los diálogos con las FARC y el inicio de conversaciones con los elenos, el grupo más fuerte en este territorio. Cautela y esperanza se entremezclan, son años de falsas promesas, por eso esperan salir de años de barbarie y que los dejen seguir con sus planes de vida. Es así, como desde el revés de la nación se viene construyendo país.

 

 

En el campo se construye país

Visitando un colegio agropecuario escuché está frase: “La gente en el campo construye país, en la ciudad destruye país”, fueron palabras con las cuales cerró una conversación un profesor y líder social que conocí en la región del Sarare. El profe tenía razón, lo corrobora la importancia que tiene el tema agrario en los diálogos de la Habana, el tema de la tierra es el nodo del conflicto moderno en Colombia, ya lo han dicho muchos y otros pocos con poder son los causantes de esta hecatombe.

Quería referirme a los casi cinco meses que viví en tierras araucanas. Lo que en un principio era una cuestión puramente laboral, se convirtió en una oportunidad de sentir una maravillosa confluencia de sentimientos hacia esta región. De alguna manera me hizo confrontar vagos estereotipos que tenía de estos territorios, desde el centro se mira a las periferias territoriales con desdén y temor…se ha publicitado una “mala reputación” desde los circuitos de poder.

Los mal llamados territorios nacionales de antaño, se desbordan en sus realidades periféricas hacia procesos de afirmación y resistencia. Pudo más la curiosidad que el miedo cuando tuve la oportunidad de interactuar con diferentes personas, es el caso del profe que conocí en Tame, un recio colonizador de las selvas del Sarare. Estos hombres y mujeres venidas de los santanderes en un proceso precario de colonización dirigido y promovido por el Estado en los sesentas y setentas, han construido y tejido desde una institucionalidad que los abandonó a su suerte todo un mundo y unos saberes desde abajo; son las llamadas epistemologías del sur de las cuales se refiere Boaventura, otro profe de las disidencias y resistencias.

Este abandono se entremezcla con represión y altos niveles de victimización. Vi gentes que luchan cada día por mejorar condiciones particulares y colectivas de vida, lo hacen desde hace 50 años, y siguen ahí. Han tejido toda una telaraña de organizaciones sociales y de solidaridades a pesar de la estigmatización de un país que aún se niega a reconocerlos.

Y si, desde el campo, desde las periferias se viene construyendo país, desde esos espacios “vacíos”, desde un ordenamiento territorial impuesto que no tiene en cuenta las realidades de las comunidades, el cual asume estos territorios como lugar de rapiña para un modelo extractivista de desarrollo, reitero acá se construye país. La ciudad, el centro, destruye país.

Evaristo Thomas A.

¡Que se acabe el Goce!

Vine a escuchar salsa dura cuando llegué a Bogotá, crecí en Barranca la bella hija del sol, la del calor húmedo y sofocante, la que escucha vallenatos. Mi adolescencia fue la época de oro de los merengues y con esta música aprendí a medio bailar, era lo más fácil para iniciar a echar paso. Mi acercamiento por esa época con la confluencia de ritmos antillanos que nace en Nueva York se dio en un famosos sitio de Barranca “Las Iguanas”, pasaba regularmente por el lugar sin entrar, y a lo lejos escuchaba los sones y guarachas, por mojigatería no me picaba la curiosidad de entrar, asociaba esta música  con gente mayor. Veía las barrigas prominentes de trabajadores petroleros sindicalizados y, por supuesto “pocholeros”, las mesas repletas de envases de Bavaria, no se bailaba, pocas mujeres, hombres solos que se deleitaban con la Fania, el negro Isamel Rivera, Roberto Torres, Celia… al fondo el rumbón donde fue construido este templo salsero y las iguanas subidas a los palos, por eso el nombre.

Cuando llegué a Bogotá traía la cultura vallenatera a mi espalda, no sabía que la capital era un crisol de culturas donde la salsa había ganado un espacio importante en el mundo universitario y que además era un referente importante en las subculturas de izquierda. Me empezó a gustar.

Gracias a los amigos conocí una parte de la movida salsera del centro, “El Antifaz” cuando no entraba nadie, Barrio Bohemio donde el profe se subía a las mesas a bailar, y un sitiecito al que me invitaron en una zona dura, una “olla” maravillosa decía de este lugar el periodista rumbero Antonio Morales, era “El Goce Pagano”.  Para entonces no sabía de su importancia en sectores estudiantiles, en la “intelectualidad” y por supuesto en la nomenclatura del Partido. Este sitio de culto era sencillo, sin mayores pretensiones, “hediondo” dirían las niñas uniandinas.

El Goce sobrevivía al supuesto fin de las ideologías, su dueño seguía repartiendo entre los clientes unos papeles fotocopiados con pasajes de cuentos, novelas y poemas de autores latinoamericanos. La década del 2000 aceleró la crisis del sitio y del territorio que lo circunda. Me enteré que este palenque donde anidan resistencias está en peligro de acabarse, hay presiones de la alcaldía local para desaparecer el goce, la lógica tecnocrática se resiste aceptar disidencias, la transformación del centro no concibe que estos espacios existan, no es bien visto por la cultura autoritaria. La paramilitarización de la vida cotidiana asfixia otras maneras de concebir el mundo desde la rumba, los papeles del goce son solo papeles y el control social se erige como centro de las relaciones sociales.

Hay que salvar el “Goce” y otros sitios como este que son parte del patrimonio cultural y rumbero de Bogotá, que no sea una cifra más dentro de los desaparecidos de este país, un NN. Y, mientras tanto, dejar para más tarde la canción de Héctor Lavoe: “Todo tiene su final”.

 

Evaristo Thomas A.

Bienvenid@s

 

Invitamos todos y todas para que sientan, piensen y miren el horizonte desde esta espacio abierto, ya que

 

Desde mi aldea veo cuanto desde la tierra se puede

 ver del Universo…

Por eso mi aldea es tan grande como cualquiera otra

 tierra.

Porque soy del tamaño de lo que veo

y no del tamaño de mi estatura…

Alberto Caeiro